Al igual que en el fondo de todas las grandes culturas, en el de la antigua cultura mexicana enraiza una concepción cosmogónica explicativa del destino del hombre y el mundo.

De tal concepción se nutre y crece el dinámico desarrollo que revela al hombre como la entidad que, aliada con dos potencias divinas, impulsa a éstas a la acción, y les proporciona, con su cuerpo mismo, la materia para la creación del universo.




Dicha concepción fue hallada en un antiguo texto cuya autenticidad es probada mediante la existencia de innumerables obras plásticas que con él coinciden y lo ilustran.
El texto de referencia es la Histoyre du Mechique, manuscrito francés del siglo XVI.

Allí se lee cómo dos Dioses, luego de haber hecho bajar al ser humano a la superficie de aguas sin creador conocido, y tras advertir en él ciertas partes de naturaleza serpentina, sienten despertar en sí mismos la necesidad de crear; a fin de satisfacerla, se transmutan ambos cada uno en una gran serpiente; descienden entonces, así trasmutados, hasta el ser humano. Lo asen por pies y manos y, oprimiéndolo por en medio, lo dividen en dos; con las mitades así obtenidas crean la tierra y el cielo.

De esta suerte, el hombre, motor y materia inicial de la creación del mundo, asume en lo sucesivo su función creadora como obligación permanente. La creación no es un hecho único, sino un proceso interminable. El hombre ha de cumplirla sin interrupción, tomando sobre sí el deber de encaminar hacia su perfección lo inicialmente creado.

El propósito de este Museo, es demostrar que en la cultura antigua mexicana, desde su principio hasta su término, se expresa esta misma idea cosmogónica que la rige y le da sentido superior.

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